Hay marcas que se diseñan.
Y hay marcas que se recuerdan.
Este fue el brief con los clientes:
“ Este proyecto nace de una historia que empezó hace décadas en la Gran Vía de Madrid, cuando nuestra bisabuela María abría cada mañana su kiosco de flores. Preparaba ramos con paciencia, conocía a cada cliente por su nombre y siempre había un café caliente acompañando el inicio del día. Porque ella siempre decía que las flores alegran el día y que el café ayuda a vivirlo.
Hoy, cuatro generaciones después, quisimos convertir ese recuerdo en algo vivo.
Un lugar donde las flores siguen siendo protagonistas y el café vuelve a reunir a la gente.”
Nos pusimos a ello y creamos una identidad que respira nostalgia: colores suaves, materiales naturales, tipografías con carácter y detalles que evocan las floristerías de antes.
Una imagen pensada para vivir en cada rincón: en las bolsas, en el papel que envuelve los ramos, en los vasos de café y en cada pequeño gesto del espacio.